Titi apagó la vela. La apagó. Se incorporó — con ayuda, sí, pero lo hizo — fijó la mirada sobre el blanco y a un pie de distancia, dio un soplo ráfaga que extinguió sorpresivamente la llama de aquella vela solitaria sobre el bizcocho de vainilla y el colorido frosting de rosas que marcó su última celebración de cumpleaños.

De todas las fotos que se tomaron ese sábado, 15 de agosto de 2015, sólo en dos sale firme su mirada. Disfrutó, claro, y hasta conversó, cuando se dejaban entender sus dulces murmullos al oído. La clásica y pícora media sonrisa estuvo ahí, los labios juntos como con pega, un poco pillados hacia adentro, como el que insiste en no decir ni jí.

Digo, Nereida nunca fue mujer de muchísimas palabras o temas abundantes. Fue callada. Introvertida. Reservada. Empeñada en economizar sus palabras. Nunca, aparentemente, interesadísima en la pachanga, en la aspiración, en la meta. A veces se soltaba, como lo hizo — más o menos — para marcar sus 87.

Poco más de dos horas duró la visita familiar, rompiendo la monotonía que se vive a diario en un hogar, incluso éste en Río Piedras de unos 10 ancianos y dos enfermeras de turno. La jefa no estaba entre ellas, al menos no en ese turno. Pero sí estuvo dos días más tarde, lunes 17.

La primera llamada de Mari entró temprano en la mañana. Nereida no se veía bien. Estaba débil, respirando por la boca, quedándose sin oxígeno, postrada en posición casi fetal, sin haber dormido toda la noche. Nosotros llegamos a la 1:00. Yo la saludé y regresé al trabajo, suponiendo que sería mi última despedida. Mari, con sus 30 años de experiencia en hogares — comenzó a ayudar en el de su mamá cuando tenía apenas 9 años y luego de grande abrió éste — no le veía muchas posibilidades. Mi esposa Maydi se quedó, luego saliendo con su hermana Mariví para hacer los arreglos fúnebres y otras diligencias.

La segunda llamada cogió a Maydi aún lejos. Los respiros de Nereida se tornaban cada vez más cortos. Yo me había quedado cerca. Guardaba mis cosas y salía de prisa hacia el hogar cuando entró la tercera llamada.

Llegué yo, luego Maydi. Carlos, nuestro hijo, llegó en tren, luego el médico para certificar, luego dos policías para legalizar. Uno de los policías notó que Nereida había fallecido tranquila, sin complicación alguna salvo el paro respiratorio. Lo dijo con…ternura, aquel oficial alto, armado y robusto, tan acostumbrado a muertes y cadáveres de todo tipo.

La compañera uniformada lamentó, con body language consternado, que Nereida se hubiese quedado corta por unas horas de su fecha real de nacimiento — el 18 de agosto. Por lo menos, dijo, alegre, le pudimos adelantar la celebración.

Maydi insistió en quedarse hasta que llegara el señor de la funeraria para recoger el cuerpo, cada vez más frío y tieso. A las 12:03 a.m., apenas cumpliendo los 87, Nereida descansaba en la camilla del van mientras se cerraban las puertas de atrás y rodaban las gomas de camino a su cita acordada con…el polvo.

…como no se hubiera perdonado dejarla sola en el hospital el pasado mes de octubre. Nereida tuvo cinco sobrinos de sus dos hermanos: Paco el mayor y Tony el menor, ambos en el séquito de recepción celestrial el día 17, y dos niñas de su hermana — Villa, a su izquierda cuando sopló la velita solitaria.

A la derecha de Nereida en esa foto, en ese momento, estuvo Maydi, de todos los sobrinos y sobrinas la que se hechó encima la obra santa de brindarle a su Titi una vejez con…dignidad. Titi no probó la dicha de procrear. Las dos hijas de Villa fueron, en efecto, como hijas suyas también. No que fuera la relación tan íntima, las visitas tan frecuentes. De pequeña, Maydi pasaba más tiempo con la abuela que con la Titi.

Pero hubo algo. Hubo una conexión. Un entendimiento, más allá de la payama anual que le regalaba Titi a la niña cada Navidad. No puede haber otra explicación.

Lo sé porque me tocó de cerca ver en los ojos de Maydi un amor que yo jamás había presenciado de sobrina a tía, pocas veces incluso de hija a madre, cuando le llegó el día a Nereida.

Maydi recibió la llamada de una vecina en la éjida donde Titi residió por más de 20 años, desde enviudar de Mario, su segundo esposo. Llevaba años decayendo, la vejez azotando. Los laboratorios seguían bien, pero los huesos no. La vimos consumirse, de una señora guapa de cuerpo lleno y melena abultada, a una frágil, delgada, forzando una vida con dificultad de movimiento.

El diseño de este asunto es que cuando uno llega a la edad de los achaques, cuando se torna muy poco práctica y hasta riesgosa la vida independiente, que se pase de éjida a hogar. Para Nereida, ese momento llegó hace como cinco años. Pero la ley en Puerto Rico no le permite a un familiar obligar la mudanza sin el consentimiento del viejo, cuando éste aún disfruta algo de juicio para decidir por si mismo. Y cada vez que Maydi le llevaba la compra del mes, cada vez que iba a bregar algo del apartamento, o simplemente a hacerle compañía, le hablaba, le suplicaba, pero nunca pudo convencerla. Nereida seguía aferrada.

Aquel día de octubre, la convenció el tiempo. La razón que hubo detrás de ese apego, de repente se esfumó, cuando Nereida no pudo levantarse y salir del baño por sus propios pies.

Estuvo en el hospital dos semanas. Se suponía que fuera una, pero entre el frustrante papeleo legal y la ineptitud espantosa de la burocracia gubernamental, entre la dejadez inesperada del hospital y la inexplicable inatención de los trabajadores sociales que por aquel pasillo desfilaron, o del teléfono no pasaron, el proceso se atrasó más de la cuenta.

Sin poder caminar, Nereida permanecía encamada, cruzada de tubitos que a diario le daba con arrancar, como una escena de película donde el paciente se quita todo y se va corriendo en su bata media abierta por el laberinto del hospital, tumbando bandejas y repartiendo puños on the way out.

Porque tampoco recibía visitas que la entretuvieran y llenaran de alegría, salvo aquellas salpicadas de su hermana, de Mariví, Héctor el hijo de Mariví, Carlos, yo, y para de contar.

Solo Maydi estuvo ahí, sin despegarse ni un minuto. La ayudaban los turnos de Olga y Mayra, las dos cuidadoras que pudimos pagar para velar el sueño de Nereida varias noches. Las otras noches, la mayoría, estuvo Maydi, durmiendo lo que podía en una butaca que aunque semicómoda, no pretendía ser cama.

Toma un día, mi amor, ve a casa a darte una ducha más cómoda, a comer otra cosa. Yo me quedo con ella.

La veía salir por la puerta de la habitación para dar una pelea con la enfermera que insistía en enterrar su rostro en papeles de escritorio en vez de atender a los pobres viejos cuyos males supuestamente leía sin cesar. Regresaba furiosa, hacía una especie de despojo para reenfocar, y le daba ella la atención a esta pobre vieja, sus manos acariciando a flor de seda la piel seca y arrugada de su Titi.

Sus ojos — sus ojos — tantas veces lagrimados, fueron como proyectores donde se podían ver clarísimamente aquellas Navidades de payama, las salidas al mall, las caminatas por Santurce, las veces que Nereida se tiraba al piso a jugar con Carlos y Maydi Alexandra, o el único viaje que pudo dar en su vida, cuando nos acompañó con los niños por unos días a Disney.

Se acercaba Maydi a Nereida en aquella cama de hospital — sí, para escuchar mejor la pronunciación entorpecida, pero también porque de otra forma mi querida ciega legal no la podía ver bien. Así se acercaba, como se acercaba a todo lo que leía, para firmar los documentos médicos y finalmente — AMÉN al Todopoderoso — el tan esperado papelito que le dio la libertad a ambas santas.

Pero cuando llegó el ultimatum del hospital, aún no habíamos asegurado un hogar. No encontrábamos ni uno solo, y el reloj no perdonaba en esa última noche infernal. Oye, sí, aparecieron varios, pero fuera del alcance del Seguro Social que recibía Nereida todos los meses. Los más económicos que fuimos a ver…bueno, digamos que cadecían de ciertos elementos y preferíamos no entrar en un compromiso de un año en ese momento, con el revolver apuntado a la sién. Hasta que un buen empleado del Departamento de la Familia no pudo más con las llamadas desesperadas de mi esposa y le refirió a Mari.

Aging en tensión

Nos dijeron los que saben que Titi recibía más Seguro Social de lo usual, que nos diéramos por afortunados.

Whaaaat? Pues entonces, lo que para Nereida fue fortuna no puede ser mas que un absoluto horror para esta sociedad torcida. Cuál otra palabra podemos utilizar, sino horror, pues si esto es fortuna, lo que nos espera a nivel social y humano será sin duda el desenlace horroroso de una de las tendencias demográficas más apremiantes que vive el planeta, y para la cual muy pocos mercados y sociedades están preparados adecuadamente.

El horror lo vemos ya en Japón, donde se anticipa que la población mayor de 65 años de edad se acercará a un friolero 40% del total para el 2050. En Alemania debe alcanzar el 35%. Estados Unidos y Canadá están volcados a romper sin duda la barrera del 20%, cifra que también se espera aquí en nuestro pequeño Puerto Rico.

El caso de Nereida es uno, en un mundo donde fallecen más de 55 millones de personas al año, la abrumadora mayoría de edad avanzada. Nereida tuvo la suerte de contar con una Maydi, con una Mari, con el sostén suficiente para costear un hogar humilde pero decente.

Pero el caso de Nereida no deja de ser el de un sistema en un hilo, y vamos, que el hilo más finito no puede ser. Saca de este panorama la lucha incansable e innegociable de Maydi, y la Titi hubiera caído en el mismo abismo en el que caen incontables viejos indefensos e incapaces de bandearse por si mismos.

Son incontables porque son invisibles. Porque nadie los cuenta. Nadie cuenta con ellos. No nos molestamos en visitarlos, y ni hablar de la inconveniencia impensable de mudarlos a ese espacio privado e intocable de nuestros hogares.

Nosotros mismos pecamos en no visitar lo suficiente a Nereida en la éjida y luego en el hogar. Si fuera por Maydi, hubiera ido religiosamente todas las semanas. Pero ella no guía. Depende de nosotros los ultra ocupados y sí, por qué no decirlo — los desinteresados. Y coño, aún las Maydis de la vida tienen otras cosas encima.

Villa probablemente se hubiera ocupado más, pero desde hace tres años ella no es totalmente ella, sino una hermana y madre que cae lentamente en el vacío cruel del Alzheimer.

Cuando visitábamos a Nereida, la conversación la dominaba un tema. La soledad. El aburrimiento. La depresión que sienten todos, sin excepción, al reflexionar — y estos viejos lo más que tienen es tiempo para reflexionar — sobre cómo un pasado pleno se convertió en un presente…eterno. Se preguntan por qué sus hijos — sus hijos, por Dios — no pasan a verlos con más frecuencia. Ni las iglesias ya hacen las rondas, llevando su música y círculos de oración, al menos no como acostumbraban.

O será que no dan abasto. Será que la crisis ha llegado a proporciones inatendibles por la caridad.

Será que aquellos trabajadores sociales que no contestan la llamada están sencillamente abrumados por la carga de un sistema fuera de control.

Será que los servidores públicos del Departamento de la Familia y el sistema judicial terminan desalentados por falta de paga o de estímulo o de whatever, al momento de hacer valer su compromiso, su voto sagrado, de convertir la justicia y el servicio público en vocación inspiradora.

Y ni hablar de las enfermeras y médicos de la sala geriátrica de un hospital más, en un mercado periferal, de esos países en desarrollo, los de mayor crecimiento poblacional, que a la vez son, para desgracia humana, los de mayor pobreza y recursos más escasos.

No quiero ni pensar que la historia de Nereida sea en su fondo una bomba a punto de estallar. Cuánta tensión aguanta un hilo, es la pregunta fundamental. No. Me corrijo. Cuánto y cuántos estamos dispuestos a cambiar, a sacrificar, a dar, a servir, a no caer ante las presiones fiscales, ante la insensibilidad sistemática, ante la tentación y los orgullos falsos de la zona cómoda.

Porque más que una cuestión de procesos y recursos — mejor dicho, la única manera de transformar los procesos y buscar los recursos, es cuando optamos por ver la vida desde una perspectiva muy distinta — desde la perspectiva del amor, el recurso más preciado e inagotable, el que nos permite acariciar a nuestros viejos como si fueran seda y ver en sus ojos una vida digna y completa.

Prefiero pensar que toda Nereida tiene su Maydi, alguien en la familia, iglesia o vecindad que la atienda y la colme de amor. Mi abuela tuvo cinco, sus hijas entregadas. Todos conocemos uno o más de estos casos hermosos, típicos de entornos matriarcales, donde el viejo es un héroe, simplemente por haber llegado a viejo, por haber construído, por haber forjado. Y ni siquiera se piensa en éjidas ni homes. Para qué, si su hogar es ahora el de un hijo, el de un hermano, el de un gran amigo.

Pero también vemos a los otros, los abandonados en lugares sin recursos y materiales, con empleados que no dejan de sorprender por su falta de cariño y atenciones. Pero claro, si están tan agotadas como las otras piezas de este rompecabezas, sin el contrapeso del amor que solo se siente cuando la sangre pesa más, o cuando las venas son de un ser más especial.

Entonces recordamos el viejo dicho, dolorosamente cierto, que apunta precisamente a los marginados que nos rodean, particularmente cuando los tenemos bien cerca — los impedidos, adictos, encarcelados, ancianos — como la prueba más retante, la cruz más pesada, pero a la vez el calvario más esperanzador, porque lo que pone a prueba es la profundidad del amor que llevamos dentro, amor que cuando brota, no se detiene ante nada.

Hasta dónde estámos dispuestos a llegar para insistir en la dignidad del prójimo sobre todas las cosas y no permitir que ni un solo viejo, ni viejo ni nadie, caiga en el abismo del olvido — ese amor que no se cansa de arder, como arde una vela tierna sobre un colorido frosting de rosas, vela que solo permite que la muerte la apague.

Y nada más. La muerte nada más.

Pioneering Deep Climate Adaptability as a business value driver and Adaptation Ambition for faster mainstreaming. Because societies adapt only if companies do.

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